La ciencia representa uno de los esfuerzos más extraordinarios del género humano
por hacer más objetivo el conocimiento, en contra de las tendencias naturales a hacerlo subjetivo y deudor de intereses personales, de clase o de
grupo y, tal vez, en ello reside la fuerza de su extraordinario progreso.
Para el positivismo el conocimiento científico es neutral, está libre de valores y se encuentra por encima de influencias ajenas a la objetividad de los hechos, tales como las ideologías, la sociedad, la economía, los grupos de presión social, las tendencias subjetivas individuales, etc.; en suma, no está influido por la
cultura de la sociedad donde viven y trabajan los científicos.
Los avances logrados mundialmente
en la segunda mitad del siglo XX y la velocidad de los descubrimientos crecen de
forma exponencial
y es el desarrollo científico y tecnológico uno de
los factores más influyentes sobre la
sociedad contemporánea. La globalización mundial, polarizadora de la riqueza y el poder, sería impensable sin
el avance de las fuerzas productivas que la ciencia y la tecnología han hecho posibles.
La evaluación es tan antigua como lo es el hombre,
inmerso en un contexto social, político y económico, que lo influye. La
evaluación es inherente al ser humano en todo su accionar, trayectoria, cultura
e interrelaciones sociales, laborales y educativas que se han venido
estructurando con el devenir del tiempo. Con todo este precedente es que la
evaluación se centra en nuestro punto de interés y ámbito primordial de
formación del ser humano, la educación.
La evaluación no es solo resultado, es objeto del conocimiento, concebida dialécticamente como proceso y resultado.
La pedagogía contemporánea fundamenta la concepción de evaluación, dándole su carácter científico superando las concepciones más conocidas como son: control, calificación, comprobación, medición.
La evaluación concebida como proceso se instaura en cada momento de la educación, la cual se ha visto en la necesidad de perfeccionarse y responder con profesionalismo y eficiencia a la demanda que la sociedad le plantea y en ese perfeccionamiento entra la evaluación como componente primordial del proceso pedagógico profesional.
La pedagogía encuentra su base científica en la psicología educativa cuyos estudios en el desarrollo del pensamiento y el proceso mental en el aprendizaje se van dando de manera paulatina. Esto nos permite entender el proceso del aprendizaje en el interior del individuo y su entorno.
Cada aporte teórico es un eslabón que llega a formar el gran todo de lo que para nosotros es hoy en día evaluación, empezando con el aporte del conductismo el cual enfatiza que la evaluación está en función de medir resultados sobre la base de objetivos planteados e indicadores prestablecidos.
Por su parte, el enfoque de la actividad que logra desarrollar una concepción mas integradora de la enseñanza, dando a conocer muchos de sus mecanismos internos aunque al momento de evaluar sigue evaluando aspectos externos únicamente.
El enfoque cognitivista considera los otros enfoques y
los replantea considerando no solamente el pensamiento sino también la
personalidad y la inteligencia. En este enfoque la evaluación se proyecta
entonces a todo un proceso desde la percepción, pasando por el procesamiento de
información y la recuperación, lo cual sería únicamente acción de la memoria.
El enfoque constructivista para el cual la evaluación está dirigida a la construcción del conocimiento, el aprendizaje es personalizado, la evaluación está mas integrada e involucra al estudiante mediante la autoevaluación de su propio aprendizaje.
El enfoque ecologista pone énfasis en las relaciones
entre estudiantes y profesores, con el grupo y con el ambiente considerando las
circunstancias que inciden en el aprendizaje. La evaluación se va a centrar en
la comunicación interactiva, investigación, y participación. Se promueve una
evaluación formativa, cualitativa e integradora con una responsabilidad
compartida, poniendo énfasis en la ética y técnicas etnográficas y la
globalización humanista.
La evaluación nos va a permitir tener un constante
conocimiento del desempeño educativo, la estructuración del proceso pedagógico
y el nivel de aprendizaje alcanzado en los estudiantes.
La evaluación no se concibe como un punto acabado en el fin del proceso pedagógico, sino por el contrario el objetivo mismo de la educación que nos va a permitir hacer los ajustes necesarios en el antes, durante y después de la aplicación del proceso, gracias a la retroalimentación e información obtenida de los resultados de dicha evaluación en el momento mismo, por lo tanto como podemos ver la evaluación debe ser vista como un proceso inherente a todas las instancias de la educación.
Desde épocas remotas se pueden encontrar
referencias a términos semejantes a evaluación, lo cual nos muestra que el hombre de alguna forma ha ido
valorando cada actividad por él realizada. La
acción evaluativa
es constitucional al
hombre, permanentemente este realiza
valoraciones de sus acciones.
El
Diccionario Cervantes de la
Lengua Española
plantea que “evaluar
es valorar. / Fijar valor a una cosa.
/ Estimar, apreciar el valor de las cosas no
materiales. El ser humano en el accionar diario constantemente
realiza valoraciones de sus actos y de los de los demás, por lo que la evaluación es un término conocido,
generalizado y un proceso complejo y multifactorial. Es, además, un proceso
social necesario, en el que se realizan valoraciones sobre objetos,
fenómenos, interacciones, del propio
hombre con la realidad objetiva. La actividad valorativa nos permite apreciar
el mundo no tal y como es, sino como nosotros deseamos que sea, en correspondencia con nuestras necesidades, intereses, cultura, profesión, etc.
En la carrera de Ingeniería en Sistemas, el proceso de evaluación
de los estudiantes está siendo objeto de
estudio por parte de todos los profesores en las respectivas comisiones de
área, tratando de reflexionar y llegar a acuerdos sobre los aspectos,
mecanismos, instrumentos que deben considerarse en la evaluación.
¿Qué es la evaluación?. La evaluación es un
término que utilizamos comúnmente y lo asociamos la mayoría de las veces con el
proceso educativo; sin embargo, el significado que atribuimos a este concepto es muy pobre en su contexto. Al escuchar la palabra evaluación, tendemos a interpretarla como
sinónimo de medición del rendimiento, desde el punto de vista cuantitativo; haciendo a un lado y olvidando que todos los elementos que participan en el
proceso educativo comprenden el campo de la evaluación, y no debe limitarse
a comprobar resultados, sino a conocer lo que
el alumno es.
La evaluación es una oportunidad
de hacer docencia, de hacer educación y alcanza este sentido cuando constituye la base para la toma de decisiones
acerca de lo que el alumno puede y debe hacer para continuar su formación,
puntualizando que el proceso evaluativo como parte de la educación, debe adaptarse
a las características personales
de los alumnos, tomando
en cuenta los aprendizajes actitudinales
que se refieren a “aprender
a convivir y aprender ser”.
Evaluar "es un acto de
valorar una realidad, que forma parte de un proceso cuyos momentos previos son los de fijación de características
de la realidad a valorar, y de recogida de información sobre las mismas,
y cuyas etapas posteriores son la información y la toma de decisiones en
función del juicio emitido".
La actividad evaluativa
es un elemento
de encaje entre
la actividad cognoscitiva y la
actividad práctica, porque la actividad cognoscitiva es la expresión del
reflejo valorativo de la relación del hombre con el mundo, está condicionada
por la práctica, reflejando la realidad y reproduciéndola en forma de
conocimientos, leyes y teorías.
Arango Hoyos (1997), plantea que: “Evaluar constituye
un proceso orientado a efectuar juicios de valor que iluminen
los procesos de toma de decisiones y
que la evaluación institucional atiende tanto a la eficacia
como a la eficiencia, no
solo atiende a los resultados, sino
también los procesos”.
La ciencia para todas
las personas pretende
extender
la
alfabetización científica y tecnológica a toda la
población sin restricciones, por
oposición al carácter propedéutico y
elitista de la enseñanza tradicional
de la ciencia. Estos objetivos tienen
importantes consecuencias
curriculares, metodológicas y
evaluadoras, que son radicalmente diferentes a las de la educación científica
tradicional. La alfabetización científica y
tecnológica de todas las personas requiere enseñar contenidos inclusivos y no excluyentes,
insistir en el aprendizaje de procedimientos y actitudes y adoptar criterios de evaluación acordes con ello.
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